La ciencia respalda la apertura de escuelas, parques, jardines y zonas verdes en tiempos de pandemia de COVID-19.

La ciencia respalda la apertura de escuelas, parques, jardines y zonas verdes en tiempos de pandemia de COVID-19.

Imagen de kyo azuma

Retrospectiva

Desde que estallara la pandemia de COVID-19, la apertura de las escuelas ha sido objeto de intenso debate tanto por el papel que puede representar en la transmisión de la enfermedad como por la peligrosidad que en un principio se pensaba que podía entrañar para los niños (0-18 años) y los trabajadores de los centros educativos.

Una de las primeras intervenciones no farmacéuticas que se realizaron a nivel mundial con el propósito de frenar la propagación del COVID-19 fue el cierre de las escuelas.

Decretar el cierre de las escuelas fue decidido, en parte, asumiendo que los niños desempeñarían un papel similar en la propagación del COVID-19 al que desempeñan en la transmisión de la gripe donde sí son una importante vía de contagio (ver, por ejemplo, aquí).

Sin embargo, pronto comenzó a existir suficiente evidencia científica que indicaba que los niños no eran «supercontagiadores» e, inmediatamente, se alzaron voces reclamando volver a abrir las escuelas (ver, por ejemplo, aquí), con poca aceptación, hemos de decir, por parte de la mayoría de los gobernantes. Notorio es, en cambio, el caso de Suecia donde no se cerraron los centros educativos y el número de alumnos infectados de COVID-19 nunca llegó a dispararse (en este informe se recoge la comparativa entre los datos correspondientes a los niveles de infección por COVID-19 entre los alumnos de Suecia y Finlandia, donde sí se cerraron las escuelas, siendo muy similares en ambos casos).

La persistente negativa por parte de algunos gobiernos a revisar las decisiones tomadas al inicio de la pandemia sobre el cierre de las escuelas para establecer nuevas normativas en base a la evidencia científica disponible llegó hasta tal punto que incluso en algún artículo se llegó a afirmar que «la única razón por la que se mantenía confinados a los niños era para proteger a los adultos».

En el caso particular de España, los niños vivieron uno de los confinamientos más estrictos impuestos si no a nivel mundial, desde luego, a nivel europeo. A pesar de la evidencia científica disponible y de diversas iniciativas solicitando al gobierno de España relajar las medidas de confinamiento para los niños permitiéndoles, si no acudir a la escuela, al menos salir a pasear con un adulto con el que convivieran atendiendo a una serie de medidas de seguridad que no pusieran en peligro la vida de nadie, niños y niñas de hasta 14 años permanecieron completamente encerrados en sus hogares durante más de 50 días y no regresaron a las escuelas hasta septiembre de 2020 (los adolescentes entre 14 y 18 años aún sufrieron un confinamiento más largo).

Cerrar las escuelas quizás fue útil dese el punto de vista de la salud para evitar que los niños (especialmente los mayores de 11 años) se contagiaran y, a su vez, no fueran vectores de contagio del COVID-19 pero, paralelamente, supuso dejar a 1.600 millones de alumnos de todo el mundo sin los beneficios educativos y sociales que las escuelas brindan.

Con el tiempo, se ha ido demostrando que los riesgos de mantener cerradas las escuelas, especialmente para los niños más desfavorecidos, son superiores a los riesgos que entraña abrirlas (puedes leer una interesante discusión sobre esta cuestión aquí) y, como además, el riesgo de contagio para trabajadores de guarderías y de centros de primaria y secundaria tampoco es alto, a excepción, claro está, de los trabajadores de los grupos de riesgo (ver, por ejemplo, aquí), a día de hoy existe un consenso generalizado sobre la importancia de mantener la actividad educativa presencial en las escuelas aún cuando el SARS-CoV-2 siga circulando.

NOTA: El 16 de Octubre se publica en la revista Science este artículo donde se reconoce que «los niños han resultado dañados por las desproporcionadas medidas de precaución adoptadas en la primera ola de la pandemia de COVID-19» y se insta a las autoridades a considerar lo sucedido en caso de que haya más presiones para cerrar las escuelas en las (posibles) futuras olas de COVID-19.

La vuelta al cole en España: septiembre de 2020

Ahora bien, siendo cierto que el COVID-19 no entraña un serio peligro para la salud de los trabajadores de los centros educativos ni de los niños (como te comenté en su momento aquí), no es menos cierto que los niños pueden ser contagiados y contagiar la enfermedad de manera similar a los adultos (ver aquí). Por esta razón, en aquellos lugares donde hay transmisión comunitaria y no se toman las debidas medidas para la mitigación de la misma, también puede darse una elevada transmisión del COVID-19 dentro de las escuelas.

Cabe señalar, sin embargo, que de acuerdo a lo publicado en este artículo, los brotes de SARS-CoV-2 aparecidos en escuelas han sido importados desde fuera y, por lo general, una mayor transmisión dentro de las mismas ha sido poco común en aquellos centros donde se cumplían debidamente las medidas de prevención e higiene como son mantener la distancia física de seguridad, la debida limpieza de superficies, el lavado frecuente de manos y el adecuado uso de mascarillas homologadas (ver aquí y aquí).

También se debe hacer especial hincapié en la correcta ventilación de los espacios de convivencia como aulas, salas de reuniones, etcétera.

Tal y como se explica en este artículo, la probabilidad de contagiarse de coronavirus aumenta conforme aumenta el tiempo de exposición al mismo y, desde este punto de vista, las escuelas son espacios que, a priori, presentan muchas características que propician una óptima transmisión del COVID-19: permanencia durante largos períodos de tiempo en espacios cerrados, poca ventilación, espacios concurridos y con poca distancia entre personas que además, con frecuencia expulsan una gran cantidad de partículas respiratorias al estar hablando, gritando o cantando.

Dadas estas circunstancias, no es difícil suponer que al cabo de un cierto tiempo el aire del aula se habrá convertido en un enorme aerosol potencialmente infeccioso (para leer más sobre esta cuestión pincha aquí y aquí).
Resulta sencillo imaginar «la nube infecciosa» en la que podrían estar inmersos los convivientes de un aula transcurrido un cierto tiempo del comienzo de las clases si, como analogía (sacada de aquí, página 24), pensamos en la nube de humo de tabaco que se generaría en un local cerrado lleno de personas fumando.

Por esta razón, es muy importante priorizar siempre que sea posible las actividades al aire libre o, cuando la actividad educativa transcurra en el interior y a menos que se disponga de un buen sistema de ventilación artificial, mantener puertas y ventanas siempre abiertas para que el aire fresco que entra de fuera sustituya al de dentro. Además, profesores y monitores deben llevar siempre una mascarilla homologada bien ajustada y la recirculación del aire de espacios cerrados por medio de sistemas de ventilación artificial ha de ser suspendida (ver aquí).

Asimismo, en la página de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) podemos encontrar algunas otras sugerencias para renovar el aire viciado de las aulas. Por ejemplo, colocar un ventilador de aire apuntando hacia una ventana abierta de manera que se establezca un flujo de aire hacia el exterior o, emplear un buen purificador de aire que lleve un filtro HEPA (high-efficiency particulate air), que básicamente es un extractor de alta eficiencia de partículas aéreas (los equipos de calidad extraen más del 99,97% de partículas de todos los tamaños).

En España, las comunidades autónomas y el gobierno han elaborado conjuntamente una Declaración de actuaciones coordinadas en Salud Pública frente a la COVID-19 para los centros educativos durante el curso 2020-2021 que puedes encontrar aquí. Asimismo también está disponible este otro documento sobre Medidas de prevención, higiene y promoción de la salud frente a COVID-19 para centros educativos en el curso 2020-2021.

NOTA: A fecha de 2 de octubre de 2020 y de acuerdo a lo publicado en este informe, la apertura de las escuelas en España, transcurridas tres semanas desde el comienzo del curso, no ha tenido gran impacto sobre la evolución de la epidemia en el país.

NOTA (21/10/2020): El Consejo Superior de Investigaciones Científicas acaba de publicar una Guía para ventilación en aulas que puedes consultar aquí.

Apertura de parques, jardines y zonas verdes

Otra de las medidas tomadas por las autoridades españolas para mitigar la propagación del COVID-19 y que afecta de manera importante a los niños ha sido la de cerrar parques, jardines y zonas verdes.

Esta decisión también ha suscitado una enorme controversia, especialmente, por lo que supone para muchos niños (y para la ciudadanía en general) para los que estos espacios constituyen el único jardín del que disponen y porque, hasta la fecha, la evidencia científica apunta en dirección contraria.

En espacios abiertos poco concurridos, manteniendo la distancia de seguridad, observando las condiciones de higiene necesarias y portando adecuadamente una mascarilla homologada, el riesgo de contagio es bajo. Mira, por ejemplo, la tabla que se muestra a continuación sacada de aquí (para ver una traducción al castellano pincha aquí).

Por otro lado, en esta otra tabla, se recogen los brotes de SARS-CoV-2 más conocidos hasta el momento. Como se puede comprobar, los brotes reportados en espacios públicos son tan sólo 5 de un total de 152, lo que representa aproximadamente el 3% del total de brotes recopilados (en el caso de las escuelas representa un 2%).

Asimismo, y de acuerdo con los resultados publicados en este artículo, las probabilidades de que el COVID-19 se transmita en un ambiente cerrado a partir de un caso primario es 18,7 veces mayor en comparación con los espacios al aire libre, o dicho de otra manera, la probabilidad de contagiarse al aire libre es aproximadamente 19 veces menor que en espacios cerrados.

¿Cuándo hay mayor probabilidad de contagio en espacios al aire libre?

Analizando la tabla anterior concluimos que es cuando hay aglomeraciones de gente hablando o gritando durante un largo período de tiempo (se considera «largo» a partir de 15 minutos) sin llevar la mascarilla puesta. En el resto de casuísticas al aire libre contempladas en la tabla, el riesgo es medio o bajo (aún no llevando mascarillas puestas).

¿Quiere esto decir que estar al aire libre no entraña ningún peligro?

NO.

Incluso al aire libre existe una cierta probabilidad de contagiarse, razón por la cual deben tomarse las medidas de seguridad e higiene necesarias para protegerse y proteger a los demás, pero también es cierto que, como ocurre con las escuelas, los riesgos de mantener parques, jardines y zonas verdes cerradas son superiores a los de permitir a la población el acceso a estos lugares. En el caso particular de los niños, es indiscutible que jugar al aire libre contribuye a una mejor salud y bienestar mental y físico de los mismos.

Muchos países del mundo mantienen parques, zonas verdes y jardines abiertos (incluso estuvieron abiertos durante la época más dura de la primera ola de la pandemia) conscientes de los beneficios que ello reporta para la ciudadanía. A modo de ejemplo, he recogido lo que declaran a este respecto los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de los Estados Unidos (cito textualmente de esta página):

«Hacer actividad física es una de las mejores maneras de mantener el cuerpo y la mente sanos. En muchas áreas, las personas pueden concurrir a parques, senderos y espacios abiertos como opción para liberar el estrés, respirar aire fresco y mantenerse activas. Si bien estas áreas pueden ofrecer beneficios de salud, es importante que tome las siguientes medidas para protegerse y proteger a los demás del COVID-19. Cuando visita parques, playas o centros recreativos abiertos al público, trate de protegerse de la exposición al SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19, al poner en práctica el distanciamiento social y las medidas cotidianas como lavarse las manos con frecuencia y cubrirse la boca al toser y estornudar».

Asimismo, en dicha página se pueden consultar una serie de recomendaciones a tener en cuenta en caso de que se decida visitar las áreas de juegos infantiles (los columpios).

La conclusión final de este artículo es que, tal y como reza su título, «la ciencia respalda la apertura de las escuelas y, también, de los parques, jardines y zonas verdes en tiempos de pandemia de COVID-19».

Espero y deseo que, ahora que la cosa se está poniendo fea, la evidencia científica sea tenida en cuenta a la hora de tomar decisiones por parte de las administraciones correspondientes.



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